Martes 19 de Septiembre de 2017

Parodia de un mundo injusto

Por Andrés Riva Casas

Detallar el derrotero ideológico que recorrió Gabriel García Márquez a lo largo de su vida sería, según entiendo, una empresa tremendamente ociosa. Digamos, solo para aclararlo, que era de izquierda: ícono de una izquierda latinoamericana que se forjó a la luz de la Revolución Cubana, la que admiró hasta el último de sus días.

Su estilo literario, el realismo mágico que constantemente nos atrapa en sus encantadoras redes, fue sin dudas un instrumento punzante y sutil para el desarrollo de un fuerte contenido ideológico y político en una época donde el compromiso del autor no era un tema de debate, porque la literatura era, como en general las artes de la época, comprometida.

“Cien años de soledad”, una obra monumental, excelsa y hermosamente inmensa, esconde en sus páginas una ácida crítica al sistema económico internacional, dominado, según la visión del autor, por una lógica hegemónica por parte de las potencias centrales. Las compañías internacionales, encarnadas en una empresa bananera que trae a Macondo la servidumbre del capitalismo bajo los ropajes del “progreso”, se convierten en causantes de desgracia. Rompen la solidaridad, arrasan con la tradición, instauran el mal y se valen de los recursos del Estado para oprimir, sin piedad, a los más pobres, desvalidos y necesitados: los trabajadores.

Esta realidad se palpa, se hace tangible, pero nunca es explícita, ni mucho menos grotesca. Forma parte, simplemente, de una cosmovisión particular llena de prejuicios y juicios valorativos sobre la sociedad, la política y la economía, cuyo filtro es siempre el lente de una ideología política concreta.

LA GRAN PARODIA

He mencionado “Cien años de soledad” simplemente al pasar, por lo cual debo advertir que este comentario lejos está de honrar a una de las mejores obras literarias del siglo pasado y, por qué no, de todos los tiempos. Lo he hecho, debo admitirlo, como introducción a un relato previo, publicado en 1962 bajo el nombre “Los funerales de la Mamá Grande”. Este es, quizá, uno de los textos cuyo contenido político e ideológico alcanza en el autor los mayores niveles de densidad. Es decir, consiste en una enorme, refinada y aguda crítica a la sociedad – principal pero no únicamente a la colombiana –, al sistema político y a las condiciones de vida de cada uno de los ciudadanos que durante aquellos años – y quizá más aun en nuestros días – vivían oprimidos por fuerzas ocultas, desconocidas, pero de una voluntad férrea y dominante.

El cuento se centra en los funerales que proceden a la muerte de la Mamá Grande, una enorme matriarca cuyas dimensiones la honran tanto física como metafóricamente. Desconocida en el mundo, amada, respetada y temida en Macondo, la mujer agoniza en su lecho de muerte. En el pueblo la expectativa, a su alrededor, la indirecta descendencia de una mujer que fallece virgen espera el suspiro de su última voluntad, en la que revelará no solo los bienes en su propiedad, sino además el legado que dejará a cada uno. Se intuye que su muerte es importante más allá de lo anecdótico, pero se desconocen las causas. El pueblo se altera, y de a poco todo el mundo recibe la misma impresión: su muerte provocará un brusco pero imperceptible temblor en las estructuras de una sociedad cultivada de la misma forma por varias generaciones y cuyo legado confluyó, en su gran inmensidad, sobre las “nalgas monumentales” y unas “tetas matriarcales” que le otorgaban a la Mamá Grande la capacidad de “amamantar ella sola a toda su especie”.

Las desventuras generadas por la muerte de esta mujer, sobre la cual recaía una leyenda de inmortalidad, representan las desventuras de una sociedad que perece ante el influjo de un nuevo mundo que será construido sobre sus mismas ruinas. Es, por ende, una enorme y entretenida parodia sobre la anacrónica vigencia de un orden social – muy probablemente la democracia liberal – que funciona como un enorme reproductor de injusticias y desigualdades.

LO QUE NO PUEDE VERSE

La economía clásica, es decir la economía liberal, divide los factores de producción en tres: tierra, capital y trabajo. La economía marxista, por su parte, divide a la sociedad en clases, cada una de las cuales es poseedora de alguno de estos factores. Mientras que los terratenientes poseen la tierra, la burguesía cuenta con el capital y el proletariado con el trabajo.  Como ha señalado el propio Marx, el capital y la tierra organizados en el sistema capitalista (en el que vive y reina la propiedad privada), dejan al trabajador con la única posibilidad de vender su mano de obra, por lo cual carecen de forma perpetua de los medios de producción. Esta disputa ideológica es infinita. Pero hay en ella algo cierto: no todos los mecanismos que ponen en funcionamiento los engranajes de nuestras sociedades están a la vista. El problema, por así decirlo, podría ser el grado de inaccesibilidad de dichos mecanismos. 

Y esto es lo que García Márquez plantea de forma magistral en “Los funerales de la Mamá Grande”. Si ella personifica todas las anquilosadas estructuras de una sociedad añeja y conservadora, tradicional y católica, opresora y capitalista, frívola y abstracta, entonces en ella se encuentran ocultos esos preciados mecanismos cuyo conocimiento es imprescindible para la transformación que, según se intuye, también se avecina.

ENTRE LO FORMAL Y LO SUSTANTIVO

Lo destacable del texto no son, necesariamente, las conclusiones a las que se llega luego de leerlo y releerlo, sino el éxtasis que implica recorrerlo. Cada crítica, cada aguda interpretación del mundo, se esconde camuflada en una oralidad superlativa, en una falsa mitología, en una enorme y exagerada deformación de la realidad. Sin embargo, una vez que las metáforas se hilvanan, que los mitos se unifican, sale a la luz un relato que destila el mayor desprecio por las normas formales de la democracia, aparentemente destinadas a conformar un panorama opresivo, y resalta aquel contenido sustantivo que nunca termina por alcanzar a los más desvalidos. Es decir: de poco sirven los derechos, si su ejercicio es impedido.

Desviándonos del foco central del relato, García Márquez se esfuerza por realizar una minuciosa descripción de la sociedad que asiste a la muerte y el posterior entierro de la inmensa mujer. Dice, por ejemplo, que  “la rigidez matriarcal de la Mamá Grande había cercado su fortuna y su apellido con una alambrada sacramental, dentro de la cual los tíos se casaban con las hijas de las sobrinas, y los primos con las tías, y los hermanos con las cuñadas, hasta formar una intrincada maraña de consanguinidad que convirtió la procreación en un círculo vicioso”. Esta referencia no puede más que remitirnos al carácter ciertamente endogámico de las élites políticas que muchas veces han regido por décadas en nuestro continente.

Más adelante, y en una evidente alusión a la pobreza, la marginalidad y la opresión sobre el género femenino, el narrador relata que “al margen de la familia oficial y en ejercicio del derecho de pernada, los varones habían fecundado hatos, veredas y caseríos con toda una descendencia bastarda, que circulaba entre la servidumbre sin apellidos a título de ahijados, dependientes, favoritos y protegidos de la Mamá Grande”.

De esta manera se delinea, con notable claridad, una sociedad de clases.

LO MATERIAL Y LO MORAL

Al enunciar sus propiedades, como voluntad final, la Mamá Grande revela el alcance de su dominio sobre la vida de cada individuo perteneciente a esta sociedad fragmentada. Se describen, en primer lugar, las propiedades materiales: “reducido a sus proporciones reales, el patrimonio físico se reducía a tres encomiendas adjudicadas por Cédula Real durante la Colonia, y que con el transcurso del tiempo, en virtud de intrincados matrimonios de conveniencia, se habían acumulado bajo el dominio de la Mamá Grande. En ese territorio ocioso, sin límites definidos, que abarcaba cinco municipios y en el cual no se sembró nunca un solo grano por cuenta de los propietarios, vivían a título de arrendatarias 352 familias. Todos los años, en vísperas de su onomástico, la Mamá Grande ejercía el único acto de dominio que había impedido el regreso de las tierras al Estado: el cobro de los arrendamientos”. Dueña de la tierra y todo lo que sobre ella descansara, la Mamá Grande era la mayor terrateniente que se conociera.

Sin embargo, no recaían en ella únicamente bienes materiales, sino también una interminable lista de propiedades morales que terminan por configurar sobre sus hombros la estructura de una sociedad cuyas características bien conocemos. Pertenecían a ella “la riqueza del subsuelo, las aguas territoriales, los colores de la bandera, la soberanía nacional, los partidos tradicionales, los derechos del hombre, las libertades ciudadanas, el primer magistrado, la segunda instancia, el tercer debate, las cartas de recomendación, las constancias históricas, las elecciones libres, las reinas de la belleza, los discursos trascendentales, las grandiosas manifestaciones, las distinguidas señoritas, los correctos caballeros, los pundonorosos militares, su señoría ilustrísima, la corte suprema de justicia, los artículos de prohibida importación, las damas liberales, el problema de la carne, la pureza del lenguaje, los ejemplos para el mundo, el orden jurídico, la prensa libre pero responsable, la Atenas sudamericana, la opinión pública, las lecciones democráticas, la moral cristiana, la escasez de divisas, el derecho de asilo, el peligro comunista, la nave del estado, la carestía de la vida, las tradiciones republicanas, las clases desfavorecidas, los mensajes de adhesión”. Antes de terminar la lista de sus pertenencias morales, la Mamá Grande murió “ahogándose en el maremagnum de fórmulas abstractas que durante dos siglos constituyeron la justificación moral del poderío de la familia”.

Ella se fue y con ella su reinado. Tras su muerte quedaron, desvelados e inertes, los mecanismos ocultos de dominación matriarcal: el esqueleto de una sociedad que, a los ojos del autor, padecía una abominable abstracción.

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