Martes 21 de Noviembre de 2017

Veinte de mayo

Por Álvaro Vega Llanes

El mes de mayo es un mes frío, tradicionalmente en Uruguay…y en Buenos Aires. Un mes de hace muchos años, frío como casi todos, nos enteramos en cuentagotas que habían aparecido cuatro cuerpos, en un auto, en un barrio porteño. No hubo comunicado oficial uruguayo.

Durante los entierros hubo guardias policiales, arrebato de banderas uruguayas y represión. Ni muertos eran capaces de la piedad, de evitar el odio y del respeto al dolor ajeno.

Hay calles con los nombres de los legisladores asesinados en muchas ciudades del país, pero sus asesinos caminan o caminaron por ellas sin ser investigados.

Las mismas cámaras de legisladores que aseguraron la impunidad le realizan o realizaron homenajes; hasta una placa recordatoria en el ambulatorio de la Cámara de Diputados del Uruguay, porque este año hace cuarenta de los hechos, eso no se iba a dejar pasar.

Vaya paradoja, la viuda del legislador participó del descubrimiento de la placa.

Este es un país de paradojas, una cárcel que se llama Libertad, asentamientos que llamábamos cantegriles, al igual que una zona exclusiva de Punta del Este. Homenajes a personas de las cuáles nos ocupamos que sus muertes nunca sean aclaradas.

Recuerdo, pero sin odio, ese sentimiento ya pasó. Recuerdo con dolor, el dolor de no haber hecho lo suficiente para que estas cosas no quedaran en el pasado como signos de interrogación. El dolor de legarles a nuestros hijos un país con temas pendientes, no aclarados, que van a seguir marcando los derroteros que seguirán cuando ya no estemos sobre la tierra.

El dolor de padres y abuelos, hermanos y tíos que murieron sin saber dónde estaban sus seres queridos, con la esperanza de que un día golpearan a la puerta y se pudiesen abrazar.

El dolor de nietos que se criaron en manos de sus apropiadores, desconociendo su origen; tal vez, odiando lo que fueron sus padres.

Este dolor prolongado en el tiempo, sincopado por los años de ausencias irredentas, que legaremos a las generaciones futuras.

Habrá apellidos vinculados a estos hechos para siempre, y nietos de nietos que tendrán sobre sus cabezas las culpas que acumularon sus mayores.

Hace ya unos años, el entonces Presidente Mujica, nos expresó a los legisladores, reunidos con él, el proyecto de enviar a sus casas a los pocos condenados por la represión del pasado. Compartíamos la inquietud del Presidente, entendíamos que el proyecto era plausible. Sólo pusimos una condición, conocer el destino de todos y cada uno de los uruguayos desparecidos.

Los represores siguen presos y del destino de muchos uruguayos no se ha sabido.

Tal vez, ilusamente, sigo pensando que nuestra generación, responsable de lo ocurrido, tenga la capacidad de dejarle a las generaciones venideras este problema resuelto. Lo creo desde el dolor y no desde el odio.

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