Lunes 14 de Agosto de 2017

Derrotas propias

La izquierda cayó en Argentina, cae ahora en medio de una crisis política en Brasil y caerá indefectiblemente derrotada en medio de una terrible crisis económica en Venezuela.

Brasil fue un país desarrollado. Al menos por un rato lo fue, o pareció serlo. Basado en el boom del consumo popular, en el marco de una coyuntura económica propicia, logró mejorar los estándares de vida y una cálida sensación de bienestar que recorrió América Latina.

Fue. De pronto dejó de serlo. Los vientos fueron de popa, la corrupción arrasó y se instaló en los estratos más altos de la política, llegando a tocar a la propia presidenta y al ex presidente, ambos elevados a la calidad de próceres de la Patria Grande.

Ayer, luego de un drama político que desde fuera se ha visto como un buen teleteatro brasileño, Michel Temer fue notificado de la decisión del Senado de apartar a Dilma Rousseff del gobierno, convirtiéndose oficialmente en el presidente de Brasil, por lo menos hasta que el organismo decida si la presidenta es destituida definitivamente.

Inmediatamente se anunció la lista de 21 miembros del gabinete, políticos empresarios liberales en su mayoría.

¿Qué pasó? ¿Por qué de alegría los brasileños pasaron a desaprobar, en un 90%, la gestión de la presidenta? Los resultados económicos y el enfriamiento de la economía. Cuando se acostumbran a pasar bien, los pueblos resultan poco tolerantes.

La gente, por sobre todo, expulsó a la izquierda del poder y ahora asumen, como se ve, los ortodoxos como Henrique Meirelles, que será ministro de Hacienda, y que dará un giro rápido hacia el liberalismo económico.

Como ocurrió en Argentina, ahora ocurre en Brasil que ha abanado el camino propuesto por la izquierda, evidentemente agotado y, precisamente, por la falta de dinero.

Nada ocurre porque sí y “las derechas” son esa cosa mala que asecha a los buenos, detrás de las esquinas, como pretende hacernos creer la izquierda uruguaya ahora.

Guste o no, Brasil funcionó en el marco de su constitución y el Senado, libremente, ha optado por el juicio político a la presidenta.

No es una derrota que la derecha infringe a la izquierda, un golpe de Estado, como se ha dicho; es una derrota autoinfringida.

El pueblo brasileño demuestra madurez institucional. El gobierno no ha caído, la institución presidencial sigue en pie. Quien ha caído es Rousseff y con ella la izquierda brasileña, que apenas si podía mantenerse en pie.

Para muestra hace falta sólo un botón: hasta el momento se han designado sólo 21 ministros, unos cuanto menos de los 32 que tenía Rousseff; una híper-estructura política, una ingeniería que funcionaba como un sistema de prótesis para sostenerse a sí misma en el poder.

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