Lunes 11 de Diciembre de 2017

El colmo de la estupidez

El desprestigio del arte es tal que ya nada es arte. Es decir, que como cualquier cosa puede serlo, entonces no existen ya los parámetros estéticos. La técnica, el perfeccionamiento, las corrientes artísticas, nada vale ya. Cualquier caradura con ideas rebuscadas y planteos sofisticados puede considerarse a sí mismo un artista.

Por Andrés Riva Casas

El desprestigio del arte es tal que ya nada es arte. Es decir, que como cualquier cosa puede serlo, entonces no existen ya los parámetros estéticos. La técnica, el perfeccionamiento, las corrientes artísticas, nada vale ya. Cualquier caradura con ideas rebuscadas y planteos sofisticados puede considerarse a sí mismo un artista.

El futuro del arte no es algo que se discuta con regularidad. Es más, posiblemente hoy solo se hable de arte en algunos pequeños reductos capaces de congregar a personas con intereses similares. La sensibilidad artística, o estética, no es siquiera un tema de preocupación. Por decirlo de forma contundente, parecemos condenados a vivir en el reino de la gronchada. ¿Qué si estoy haciendo un juicio de valor? Pues claro, porque también existen los valores estético. Yo tengo los míos y usted tendrá los suyos. Pero eso no es el corazón del problema. Lo peor, por lejos, es que no solo es mal vista la defensa de estos valores, sino que existe una visión relativista capaz de asumir, sin preocupación alguna, que todo puede ser bello. Que todo puede convertirse en una expresión artística. Y esto corre tanto para las artes plásticas como para la vestimenta o la decoración de una casa.

UNA BROMA “CONCEPTUAL”

Quizá algunos reconozcan, en esta columna, una línea de pensamiento ya esgrimida con anterioridad en este espacio. Pero el detonante de estas palabras no es una reflexión atemporal sobre la historia del arte, sino  una noticia insólita que he leído en internet. Resulta que un joven de 17 concurrió al Museo de Arte Moderno de San Francisco para apreciar una exposición de arte conceptual. Molesto por lo incomprensible de las obres que la conformaban, decidió hacer una broma a los presentes. Se quitó los lentes y los colocó, con sumo cuidado, en el suelo del museo.  “Algunas muestras de arte y pinturas nos impresionaron. Sin embargo, había obras que no nos sorprendieron. Vimos una exhibición de un peluche sobre una manta, y nos preguntamos si eso realmente le parecía interesante al resto”, contó el joven Teejay Khayatan a la revista BuzzFeed. Lo curioso es que la broma, así de simple como se plantea, surtió efecto. Según relata la crónica, “los visitantes que ingresaban al lugar notaron la presencia de los lentes y creyeron que se trataba de otra intervención artística del museo. Se acercaron y comenzaron a observarlos con detención. Incluso un joven tomó su cámara y le sacó una foto a la ‘obra’”.

Se trataría, definitivamente, de una noticia cómica, si no fuese, claro, porque resulta una radiografía perfecta de la estupidez en la que hemos caído al banalizar el arte y eliminar permanentemente los parámetros estéticos. A nadie la importa ya contar con la capacidad para discernir qué es y qué no es arte, porque en el mundo moderno solo el artista tiene la capacidad para decidir cuándo ha creado una obra digna de la admiración de otros.  Este cambio se procesó desde comienzos del siglo XX y posiblemente ya sea tarde para deshacerlo, pues creó una categoría artística inexistente, es decir, el arte como concepto. Una idea que se cetra no en la estética sino en el “mensaje” que el artista quiso transmitir a través de ella. Y así desembocamos en locuras inverosímiles

LA SALA VACÍA

Una de ellas – para que veamos cómo se puede hacer dinero si ideas – fue la exposición “Sin Límite” realizada por la artista argentina Dolores Cáceres a finales de 2015. Cáceres fue convocada para hacer una retrospectiva de su obra en tres salas. Sin embargo, ella propuso realizar un “trabajo de sitio y tiempo específico” en las salas 5, 6 y 7 al que bautizó “#sinlimite567”. Su propuesta fue acondicionar mínimamente los espacios, reemplazar la luminaria, quitar paneles de durlock, y publicar un catálogo en el que explicaba el uso del hashtag en el nombre de la muestra y la elección tipográfica de los carteles, y reproducía los planos de las tres salas y un detallado currículum de su trayectoria. El resto eran páginas en blanco.  Qué había en la sala, se estará preguntando. Pues nada. Absolutamente nada.

Hoy, en nuestro tiempo, a eso le llamamos arte. Una exposición de alguien que se hace llamar artista pero resulta ser incapaz de generar emociones en el público, sino la extraña sensación de ser partícipes de una burla, una broma de mal gusto.

Como estas expresiones hay miles, cada vez más normales. La artista Tarcey Emin creó una obra conceptual exponiendo al público su propia cama desecha (“My bed”). En el suelo, alrededor, yacía su ropa interior, condones usados, una botella de vodka (vacía, claro) y ceniceros llenos de colillas, todo para mostrar los efectos de sus noches de excesos.

¿A QUIÉN LE IMPORTA?

Todo esto, verdaderamente, no le importa a nadie. Quizá con razón, aunque quizá no. Si la sociedad, desde la escuela hasta la familia, falla a la hora de inculcar los valores de la convivencia, poco podemos esperar acerca de los valores estéticos. Sin embargo, se me ocurre que quizá el problema sea simplemente al revés. Que el relativismo posmoderno, que comenzó con alocadas expresiones artísticas, luego se expandió hacia otras áreas de la sociedad, como le política, la educación y las costumbres. Si todo es válido, si renegamos ante la imposición de determinados valores, entonces abrimos la puerta a un mundo desconocido, ese mismo mundo que hoy, incrédulos, nos preguntamos cómo fue concebido sin habernos dado cuenta.

El problema, entonces, está allí. Está en el relativismo imperante. En la afirmación de que la educación no es importante, que las capacidades técnicas para el arte no deben importarnos, que cualquiera puede ser artista, carpintero o presidente, y que, para lograrlo, solo basta con desearlo.

Y este no es, particularmente, un grito en favor de la desigualdad, sino más bien todo lo contrario. Un humilde recordatorio de que el relativismo, al que libremente hemos decidido someternos, hoy nos subyuga con una voluntad adamantina.

Decidimos cambiar la sociedad y lo hicimos. Derribamos con éxito las estructuras del mundo moderno y, sin embargo, recién ahora somos capaces de darnos cuenta el alcance de tales transformaciones. Pues logramos que los valores de la libertad y la tolerancia, universales por definición, valgan lo mismo que el nacionalismo más aberrante. Logramos, por desgracia, que una exposición de cuadros de Rubens valga lo mismo que una sala vacía.

Logramos que la inteligencia y la cultura sean fuente de vergüenza. Cedimos a la ignorancia el terreno del conocimiento. ¿Qué es lo que vamos a hacer en el futuro?

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