Jueves 17 de Agosto de 2017

Ventajas de beber agua

Se puede hacer rendir al máximo nuestro órgano más importante

“Dos litros de agua por día mantienen tu cuerpo hidratado”. Seguro que has leído esta frase muchas veces en diferentes medios. Pero lo que esta afirmación no concreta es que el agua también es buena para el cerebro. Según varias investigaciones hay una relación entre la deshidratación y la falta de concentración o de memoria. El agua es imprescindible para el funcionamiento de nuestro cuerpo, como todos sabemos, pero también para el desarrollo de la mente.

SALUD MENTAL

Beber agua a diario permite hidratar los órganos, las células, los músculos… y también el cerebro. Estudios publicados recientemente indican que aquellas personas que no consumen la suficiente agua aumentan sus probabilidades de padecer una enfermedad, especialmente cuando entran en la vejez. Esto no quiere decir que el agua nos haga “más inteligentes” pero sí que nuestro rendimiento mental podrá ser el máximo que seamos capaces de producir en función de nuestras capacidades.

DESHIDRATACIÓN

Según los médicos, cuando alguien está deshidratado tiene menos cantidad de electrolitos y esto conlleva a una alteración en la actividad cerebral y en los demás sistemas que participan en los procesos cognitivos. La pérdida de líquido en el organismo tiene como consecuencia una mayor producción de hormonas “del estrés” y un declive en el funcionamiento de la memoria y la percepción.

CEREBRO DESPIERTO

La boca seca, el dolor de cabeza o la dificultad para expresarnos correctamente son solo algunos de los síntomas que nos “avisan” de la escasez de agua en el cuerpo y en la mente. El malestar general, el mareo y la desorientación son señales de alerta en un estadio superior.

No debemos esperar a sentir sed para beber agua ya que en ese momento nos encontramos en un grado inicial de deshidratación. Si esto sucede muy a menudo, el cerebro se empieza a resentir. La ingesta pobre de líquidos tiene sus consecuencias a cualquier edad pero sobre todo en los niños y en los ancianos, más vulnerables a los cambios.

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